algo parecido a un jaguar
por Lala goldverji
cuento Publicado en la antología "En alma prestada"
El famoso fotógrafo Rafael Montaño, había escuchado muchas estrafalarias historias en su carrera, pero ninguna lo había atrapado tanto como la de ese felino del que tanto hablaban en el pueblo de San Rafael, donde había nacido su bisabuelo, por quién llevaba el nombre. Unos decían que era un jaguar, otros que un puma, y había quien juraba que no era ni una cosa, ni la otra. Que era un ser muy raro, casi fantástico. Se aparecía de vez en cuando trayendo noticias a los sorprendidos. No se sabía si eran buenas o malas, pero el animal era adorado y temido por la gente: “Es algo parecido a un jaguar y un puma, un animal muy imponente con la cabeza grande y fuerte, se le ven los ojos amarillos, bien brillosos” “Se mira tranquilo, camina despacio y se siente una cosa en el pecho que no sé cómo explicarle, re bien bonito” “Es como si el mismísimo padre en el cielo se le apareciera, emana una paz y una seguridad, que qué le digo,” estos eran algunos de los comentarios que había escuchado por ahí pero también se oían de otro tipo: “Yo ni loco subo solo… ese animal no es cualquier cosa” “No he vuelto ni una noche a la montaña, en cuanto comienza a irse el sol, me arremeto” “Doña Juana no volvió a hablar desde que regresó, todos dicen que el animal tuvo la culpa”.
Como la curiosidad del fotógrafo era más grande que cualquier otra cosa, emprendió el viaje para buscar a dicho ser. Llevaba una mochila con varias cosas, entre ellas su cámara, una libreta, comida enlatada, artefactos para crear fuego, cortar madera, mecate y una brújula. Un guía local, llamado Matías, lo acompañó hasta los pies de la montaña. Eran las ocho y media de la mañana cuando llegaron. Matías, curtido por el sol y la vida en la montaña, se detuvo en seco antes de que el terreno se hiciera más empinado. “Hasta aquí llego yo”, dijo “Adentrarse es buscarle tres pies al gato”, Rafael rió nervioso, “Nomás ten mucho cuidado con lo que comes. Hay hongos que te pueden mandar al otro lado sin boleto de regreso. Estos rojitos con puntitos blancos, olvídalos. También hay unos que te ponen a ver cosas que no están, o que sí están pero no deberías de ver. Y escúchame bien: si no bajas hoy, quédate a dormir arriba, pero nunca bajes de noche. Nunca.”
Rafael agradeció con cierto escepticismo y emprendió hacia lo incierto, caminó durante varias horas, el sol subía y bajaba, y con él su entusiasmo. Al llegar la tarde, decidió acampar. “¿Cómo se me ocurrió venir aquí solo?” Todo por amar las fotos y los cuentos mágicos, nada parecidos a la realidad. La realidad es que estoy perdido. Recuerdo haber leído que hay mucha fauna en esta zona, espero no me salga algo muy peligroso. Bueno, primero lo primero, a trabajar…”
Se encaminó a buscar madera para poder hacer una fogata, buscó el mejor lugar para hacerla, y yendo de un lado para otro la noche comenzó a caer. Armó un techito, una especie de nido invertido en medio de los arboles. Alrededor, el bosque parecía observarlo, el ambiente se coloreó de una luz dorada, como en esos atardeceres en que se respira magia y terror al mismo tiempo. No sabes qué puede pasar después de un momento así, cuando la luz es fuerte y penetrante, solo queda pensar que la noche también lo será.
Terminó de hacer su camping improvisado, donde parecía que un soplo de aire podría llevarse la cubierta en cualquier momento. El fuego crecía cada vez más, consumiendo troncos y ramas secas, salpicando brasas diminutas alrededor. La noche estaba cada vez más cerca, ya no se veía el sol desde hacía rato. Las estrellas comenzaron a aparecer una por una hasta llenar el firmamento del mejor cielo que haya visto en su vida. Se podía contemplar la vía láctea, llena de estrellas brillantes y tintineantes.
Conforme pasó el tiempo, se sintió cada vez más cómodo, pero nunca relajado. Todo su sistema estaba en modo supervivencia, alerta. Se recostó en una especie de petate que había armado con hojas muy grandes y frescas y lo rodeo con ramas de geranio para ahuyentar a los insectos. Los sonidos del bosque le parecían exageradamente cercanos, con cada movimiento brusco del viento su cuerpo se exaltaba, también alcanzaba a escuchar a los lejos aullidos de alguna manada de perros o incluso, quizás lobos. Entre el miedo y lo inusual solo logró dormir a ratos.
El segundo día lo dedicó a mimetizarse. Caminó despacio por la zona, casi sin hacer ruido. Tocó las hojas, se sentó en las piedras, se mojó los pies en el arroyo. Dejó de hablar en voz alta. Pero no dejaba de pensar. Pensaba en su casa, en su infancia, en lo que estaba buscando ahí. Después abrió una de sus latas y comió contemplando las nubes. En la tarde, unos coatíes curiosos se acercaron a su campamento y se comieron la fruta que había recolectado. El vio todo esto con verdadero asombro, nisiquiera tomó su camara. Después una bandada de pájaros voló encima de él creando formas geométricas asimétricas. Sintió que algo en su energía estaba cambiando, se sentía cada vez más en calma. Recogió plantas, dibujó flores, observó un hormiguero como si fuera un documental de ingeniería. Se sintió pequeño, parte de algo más grande.
Escribió en su libreta:
“Los humanos nos diferenciamos de los demás seres, en que nosotros somos concientes de que somos concientes, nos damos cuenta que nos damos cuenta, nos sabemos vivos, pensantes. Eso nos lleva mayormente a extraviarnos y a veces, solo a unos cuantos, a encontrarnos.”
La segunda noche fue distinta. Más serena. Sintió que el bosque ya no lo empujaba hacía afuera. Al contrario. Lo acogía. Encendió su fogata con mayor facilidad. Escucho el aullido lejano de un coyote y no sintió miedo, sino respeto. Se sintió observado, pero sin amenaza. Como si algo —o alguién— estuviera esperando el momento adecuado.
El tercer día fue todavía más tranquilo. Caminó poco. Se quedó en su sitio la mayor parte del tiempo, observando los árboles, el cielo, los insectos que pasaban. Hablaba bajito, casi como si rezara. “Si supieran mis amigos lo que ando haciendo por una foto” “¿Será verdad este mito?”. También habia ratos en lo que se reía solo. “Ay Rafa, ni que Nat Geo te estuviera pagando por fotografiar nahuales”. Por la tarde sintió que el bosque se aquietaba de forma extraña. Las aves se callaron. El viento paró por un buen rato.
Esa noche escuchó sus pensamientos casi gritar. Se recostó otra vez en su petate de hojas. Cerró los ojos unos minutos, pero su cuerpo ya estaba alerta. Entonces, sintió una presión en el pecho, como si algo invisible se acercara. Luego, sintió un calor que lo recorrió de pies a cabeza y que lo hizo sentarse de golpe. Su corazón latía tan fuerte que lo escuchaba. “Que jodidos estas haciendo aquí? ¡Sal corriendo ahora mismo! ¿Por qué no te mueves? ¡Muevete!
Se paralizó por completo. Ni un músculo le respondió. Y también el bosque entero pareciera que se hubiese detenido. Frente a él, con una calma aterradora emergió de la oscuridad la famosa fiera. Majestuosa. Silenciosa. Caminaba con la lentitud de los que no temen a nada, ni a nadie. Cada paso parecía retarlo. Rafael tragó saliva con dificultad. Estaba duro como piedra, maravillado. El animal brillaba, pero no se sabía si desde adentro o si reflejaba las estrellas, infinito. Su pelaje parecía moverse como el agua, transparente y ondulante.
Y entonces se miraron. Los ojos del felino y los del fotografo se compenetraron. Pasaron varios minutos como si estuvieran hipnotizados, embrujados, fascinados. No había pensamientos. No había preguntas.
Y entonces… oscuridad total. La luz se apagó sin previo aviso, como si el universo entero hubiera implotado. No veía el fuego, ni las estrellas, ni al felino. Ni sus manos. Ni sus pies. Incluso olvidó su nombre. No sabía dónde estaba. No sabía quién era. Era como si le hubieran borrado la vista y la memoria.
Negro. Más negro.
Silencio.
Abismo.
Vacío.
Nada.
Cero.
Algo parecido a un jaguar es un cuento publicado en la antología:
En alma prestada de Letras Negras,
y también una puerta a algo más grande:
mi libro La Miscelánea.
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