más vidas que un gato
un cuento por lala goldverji
Soy experta empacando maletas y mudanzas. Estuve varios años viviendo una vida nómada, como me preguntó un día muy curiosa mi sobrina Isa “¿Oye, Lala y tú, ¿por qué eres nómada?” (esta era una nueva palabra que acababa de aprender en la escuela). Sin una casa fija, viví en varias playas de la costa de Nayarit y de Oaxaca, también estuve en Cuernavaca, Morelos, en Mazatlán, Sinaloa e incluso en la tierra donde nací, Guadalajara, Jalisco. Todo empezó en pleno covid, cuando nos echaron del departamento donde vivía con mi mamá porque lo iban a remodelar para poder rentarlo más caro. Ella decidió irse a vivir con su novio y yo decidí fluir con la vida. Empaqué las pocas cosas con las que me quedé y emprendí el viaje. Siempre salieron proyectos y oportunidades para poder vivir esta aventura gracias a sabrá Dios quién, porque si no, no sé qué hubiera pasado.
El primer proyecto fue hacer el diseño arquitectónico de un restaurante en San Pancho, Nayarit. Así que agarré mis maletas y me fui unos meses a vivir la vida playera pueblerina. El ritmo ahí es mucho más lento que en la ciudad, al principio me costó adaptarme, pero después de unos días me acostumbré y lo disfruté bastante. Trabajaba unas horas en la mañana y por la tarde me echaba mi siesta, despertaba para ir a ver el atardecer y en las noches regresaba a casa para pasar horas platicando con mi roommie Ale. Dibujábamos y tomábamos vino tinto y a veces nos echábamos unos tepaches o unas cervezas. Después me invitaron a dar clases a un centro de yoga en Cuernavaca, así que volví a agarrar mis cosas y me fui. Ahí aprendí a encargarme de todas las responsabilidades que requiere mantener una escuela de ese tamaño. Me enfrenté con varios retos, como dar clases a jóvenes al mismo tiempo que a adultos mayores. También pasé mucho tiempo sola, escuchando mi mente, mis sueños y mis miedos. Después salió un proyecto con mi socio (tambien llamado Ale) de hacer una casita sustentable para unos franceses en Mazunte, en la costa de Oaxaca. Agarré mis maletas y me fui para allá.
Otra vez la vida playera pueblerina. A pesar del calor, el ambiente allá es fresco y maravilloso. Todo era diversión, canto, danza y amigos nuevos todo el tiempo. Había días en los que, si estaba aburrida en casa, bajaba del cerro donde vivía hacia el pueblo y siempre había alguna fiesta, o algún bar con música en vivo donde podía bailar hasta cansarme y regresar a casa a dormir donde siempre me esperaba mi gatita Shunia (su nombre significa estado cero, de donde todo nace). Me esperaba acostada en la habitación o en el tapanco donde corría el viento exquisitamente. Su nombre ya lo traía cuando la adopté, nos hicimos inseparables, era una gata alfa, la reina del monte. Si se acercaba algún otro animal desde lejos, lo ahuyentaba con sus escandalosos rugidos a la hora que fuera, incluso me desperté asustada varias noches por los gritos que se echaba. En esa etapa vivía muy conectada a la naturaleza, escuchaba el mar desde mi hamaca y mi cama, todas las noches tenía que poner un mosquitero alrededor de está para que no se subieran los insectos, sobre todo los alacranes. En esa casa nos visitaba por las noches un zorrillito que se comía las croquetas de Shunia. Al principio le gritaba como una loca para que se saliera y lo único que pasaba era que terminábamos todas fumigadas, hasta que hicimos las paces con él y este se volvió parte del clan salvaje.
*
Cuando duermo, uso tapones para los oídos, antifaz en los ojos y pongo aromaterapia en mi almohada (me gusta dormir profundamente). A veces, entre sueños, lograba escuchar el sonido del crash, crash de las croquetas, reconocía que era Zorrillin (así lo nombre) y me volvía a dormir. Esa divertidísima etapa acabó cuando llegó el huracán Agatha a la costa de Oaxaca y arrasó con todo: casas, restaurantes, hoteles, negocios, todo se cayó o voló. El torbellino entró justo por la playa Mermejita donde yo vivía y, pasó justo al lado de mi casa. Tuve la suerte de que Sonia, la señora que me rentaba, me habló para decirme: «ve por tu vida, resguarda tus cosas en plástico y salté de ahí, si te quedas es bajo tu propio riesgo». Así que tuve tiempo de organizar mis cosas y buscar refugio en una construcción de concreto ya que mi casa era una pequeña cabaña de madera. Inconscientemente, actué muy bien porque guardé mis pertenencias perfectamente, no les pasó nada, ni se mojaron (solo tenía ropa, libros, artículos de arte y mi computadora). Al contrario de mis cosas, mi casita se destrozó. Voló todo. El techo de palma, los mosquiteros, los muebles, incluso el refri. Mientras pasaron las seis horas que duró el huracán, estuve muy bien resguardada. Me fui junto con Shunia a una posada completamente de concreto, donde lo más que pasó, fue que se inundó la planta baja. La tempestad duró cuatro horas con ráfagas de aire muy fuerte; se sentía como la tierra temblaba al arrancar las raíces de los árboles y las palmeras.
Al terminar el huracán, todo lo que conocíamos estaba destruido, despedazado; estábamos ahora en una zona de devastación. Árboles enormes fueron arrastrados por el viento, la mayoría de las casas no tenían techos, ni ventanas, todos los restaurantes de la playa estaban arruinados por completo. Las calles estaban llenas de lodo, de maderas, palmas, láminas, basura, muchísima basura que corrió desde las montañas por ríos que se formaron con tanta agua. Pedí ayuda por redes sociales a mi gente más querida para recaudar donativos y así ayudar a limpiar el lugar y, en la manera de lo posible, reconstruirlo.
Fue una de las experiencias más fuertes e impactantes que he vivido, pero también una muy enriquecedora. Las personas que vivimos esto nos unimos como equipo para sobrevivir y salir adelante como una gran familia. Fue muy interesante ver que los ciclos de la vida son parte de esta misma. Vida – muerte – crecimiento – destrucción. Lo que más me dolió de toda esta situación fue perder a Shunia. Durante el huracán estuvimos juntas, pero después se desorientó cuando salió de la habitación, subió al techo de la posada donde nos hospedábamos y ya no volví a saber de ella. La busqué y esperé por varios días a que regresara. Ella era la reina del monte y, al parecer, tiempo después, mi ex vecina de la cabañita destruida, me dijo que creyó haberla visto y que cree que regreso a ser la reina de la montaña. Así que volví a agarrar mis cosas y me fui.
*
A veces siento que he vivido más vida que un gato. Volví a moverme varias veces hasta que llegue a Guadalajara a visitar a mi familia, cuando me reencontré con Manuel, quien es mi amigo desde la secundaria. No sé qué pasó esta vez que nos vimos, que todo fue diferente, nos enamoramos. Desde entonces hemos estado juntos, y yo, después de recorrer varios lugares, me asenté en su departamento, el cual ahora es también mi casa. Aquí vivimos Ibrah (el perro), Manuel y yo. Aprecio muchísimo su amor y compañía, y no quisiera estar en otro lugar más que a su lado.
Este año murió mi mamá y él fue la única persona que estuvo apoyándome en todo, incluso en mis crisis de ansiedad y los miles de trámites que la muerte implica. Junto con él y mi hermano, vendimos y regalamos todas sus cosas, hicimos su útima despedida y nos llevamos sus cenizas para entregarselas al mar, todo en menos de un mes. Nunca olvidaré que hice llorar a mi madre en el hospital días antes de morir y la enorme luna llena de color naranja que estaba brillando en el horizonte cuando salí de este, la clínica 89. Donde también mi papá pasó varios meses internado antes de morir, hace ya más de diez años. Pareciera que este lugar me llama para que esté constantemente cerca de él, aunque a mí me da náuseas solo pasar por ahí, incluso por la Glorieta de los Niños Héroes. Siento una nube densa por toda esa zona, ahí se puede percibir todo el dolor acumulado de las personas que incansablemente siguen buscando a sus seres queridos desaparecidos. En fin, son las ocho de la noche del día ocho del mes ocho del año ocho (2+0+2+4), dicen que es un buen día para hablar con tus difuntos, así que trataré de comunicarme con ellos. Buenas noches.
Más vidas que un gato es un cuento publicado en la antología:
Nuevos autores del cuento latinoamericano Vol. # 1 de Factor Literario,
y también una puerta a algo más grande:
mi libro La Miscelánea.
Si esta historia te gustó,
quizá quieras seguir el hilo de lo que sigue
😉
Todo lo recaudado en la venta de mi arte
será destinado a la edición y publicación de mi libro.
¡Muchísimas gracias por tu apoyo!
